Los indicadores económicos suelen ofrecer las señales más claras sobre la productividad real de un país y su capacidad de crecer de forma sostenida. Desde esa lectura, el estancamiento económico y tecnológico de México tiene efectos directos en la vida cotidiana, en los proyectos empresariales y en la viabilidad de las startups que buscan escalar.
Empecemos por lo básico. En 2025, el crecimiento económico de México rondó el 0.4 %, un nivel insuficiente para generar dinamismo productivo. El problema se agrava porque uno de los motores tradicionales de la economía, el consumo, enfrenta riesgos crecientes: depende en gran medida de las remesas, hoy afectadas por un entorno más restrictivo para los migrantes en Estados Unidos. Menos remesas implican menor consumo y menor consumo significa menos ingresos para miles de negocios en todo el país.
Durante los últimos años se sostuvo que el nearshoring podía ser el gran dinamizador para lograr integrar productivamente a México con Estados Unidos y Canadá. En el papel, dicha premisa hacía sentido. En la práctica, una parte importante de las inversiones fue a parar en enclaves aislados, ya sea en parques industriales orientados a la exportación o en plantas de ensamble que utilizan insumos importados, donde el encadenamiento local es escaso y se transfiere poco o ningún tipo de capacidades productivas hacia la industria mexicana.

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Productividad y baja adopción tecnológica
Al hablar de productividad también hay que mencionar que en México más del 99% de las empresas son micro, pequeñas y medianas. Ahí se crea, ahí se genera la mayor parte del empleo y ahí se mantiene la economía cotidiana. Ahora bien, esas empresas siguen produciendo, pero bajo condiciones de baja adopción tecnológica, con poco acceso real a financiamiento productivo y prácticamente sin acompañamiento para innovar o escalar.
De acuerdo con el World Bank, conforme a datos de la UNESCO, México destina alrededor del 0.27% del PIB a investigación y desarrollo, una fracción considerablemente menor que el promedio de la OCDE, cercano al 2.3%. Por su parte, el Censo Económico 2024 muestra que solo cerca del 23% de las MiPyMES utiliza internet y herramientas digitales avanzadas en sus operaciones, lo que refleja la brecha tecnológica dentro del sector productivo. En sectores intensivos en tecnología, como el de equipos eléctricos y electrónicos, las cifras comerciales comparativas indican que las importaciones superan a las exportaciones desde México, lo que evidencia dependencia tecnológica en bienes de mayor valor agregado.
Ya en 2024 se señalaba que la economía mexicana crecía en torno al 1 %, una cifra que varios economistas valoraban como insuficiente incluso para conservar el bienestar ya existente. Como indicaba el expresidente del INEGI, Julio Santaella, “si la economía no crece lo suficiente, no genera prosperidad para toda la población”. Lo preocupante es que en 2025 el desempeño fue aún más débil.
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México, con bajos niveles de productividad
De acuerdo con el OECD Compendium of Productivity Indicators 2025, México se ubica entre los países con los niveles más bajos de productividad laboral, con un PIB generado por hora trabajada muy por debajo de la media de la OCDE y con caídas recientes respecto a su propio nivel previo a la pandemia. Por el contrario, las demás economías de la OCDE han mantenido altos niveles de productividad por hora trabajada en los últimos años, lo que implica mayores ganancias de eficiencia junto con el uso del capital.
Bajo estas condiciones, el Banco de México acaba de iniciar un ciclo de reducción de tasas de interés. La inflación subyacente, que es un indicador real del comportamiento de las cadenas productivas, se mantiene elevada. La inversión, tanto pública como privada, se ha contraído.
Reducir las tasas sin una oferta de inversión productiva puede sostener el consumo a corto plazo, pero no genera capacidades tecnológicas, no fortalece las cadenas locales y no mejora la competitividad. Podría decirse que se compra más hoy, pero se sigue sin producir mejor mañana.
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Los detractores de las capacidades productivas
La soberanía tecnológica que hoy se afirma haber alcanzado dista mucho de serlo, pues en la práctica se trata de una dependencia acompañada de un discurso patriótico que no se traduce en capacidades productivas.
También es importante decir lo siguiente: el bajo desempeño no se explica únicamente por factores externos. La incertidumbre jurídica, la falta de reglas claras para la inversión y un entorno poco favorable para emprender desempeñan un papel central. A ello se suma un modelo de gasto público orientado al consumo inmediato y a obras emblemáticas de baja rentabilidad económica.
Proyectos como el Tren Maya, el AIFA o el corredor transístmico suman miles de millones de pesos cada año, y sus propios responsables han reconocido que, si hay retornos, en el mejor de los casos se materializarán hacia el año 2050. El apoyo directo a la industria tecnológica local, a la manufactura avanzada y a las startups industriales ha sido limitado.
No se puede hablar de productividad sin hablar de energía. Las empresas públicas del sector, reconfiguradas para concentrar el mercado, operan con baja eficiencia y altos niveles de subsidio. El caso más claro es el de Pemex, con una deuda financiera cercana a los 83,000 millones de dólares, que presiona las finanzas públicas y encarece la energía para las empresas productivas.
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Sin energía competitiva, no hay industria competitiva
Para quienes están creando empresas, desarrollando tecnología o buscando escalar, el problema no es la falta de talento, sino de prioridades. Se habla de soberanía, pero no se invierte en fabricar. Se habla de innovación, pero no se financia investigación. Se mantiene un enfoque en modelos que ya no responden a los retos actuales.
La productividad es el resultado de la inversión, la tecnología y las capacidades productivas locales. Sin esa combinación, el crecimiento no llega ni llegará.



