Anthropic no solo compite con OpenAI, compite con el default de tu marca. El mes pasado, Anthropic lanzó Claude Design. En días, Figma perdió valor en bolsa y el gremio del diseño se dividió entre los que anunciaban el fin de la profesión y los que decían “es solo otra herramienta más”. Ninguna de las dos lecturas alcanza.
En México, además, casi nadie va a tocar Claude Design pronto: por costo de acceso, por idioma y, sobre todo, por el costo mental de aprender a pensar con estas herramientas.
Llevo dos años trabajando con Anthropic y lo que desbloquea es brutal. Con Claude Design, la experiencia fue tener al mejor colaborador de diseño sentado conmigo: la misma conversación que ordenaba la narrativa empezó a proponer formatos y gráficos, y la presentación mejoró de inmediato sin abrir otra herramienta.
Ahí está la paradoja. Claude Design entiende mejor mi intención que muchos procesos de diseño tradicionales, pero tiene una estética por defecto: Inter, Roboto, gradientes azul-morado, layouts de SaaS.
Si no le impones criterio, se va al promedio. Lo mismo pasa con Midjourney, Canva o cualquier herramienta entrenada con miles de referencias. La herramienta, librada a su default, produce una versión promediada de todo lo que ha visto.
Entonces, cuando millones de personas usan la misma herramienta sin criterio propio, el resultado es predecible: una generación entera de contenido que se ve idéntico, sin que nadie copie a nadie.
Esa es parte de la resistencia que hoy se escucha en muchos diseñadores: no solo es miedo a perder trabajo, es la sensación de que su oficio se está reduciendo a empujar botones en herramientas que cualquiera puede usar.
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Observa el árbol completo
Aportar valor como diseñador —desde el criterio, no desde la ejecución— es más urgente que nunca si quieres conservar tu lugar en la mesa. Para entender qué está pasando, ayuda mirar el árbol completo.
Las hojas son lo visible: marcas de lujo polarizadas entre las que crecen y las que caen, feeds llenos de piezas que se parecen entre sí, herramientas de IA que prometen reemplazar pasos enteros de producción.
El tronco es la mecánica: lo que está ocurriendo por debajo de los titulares es un colapso simultáneo de la barrera de producción en lujo, editorial, moda, diseño y contenido.
Durante años, ese mundo funcionó casi como en The Devil Wears Prada: unos pocos decidían qué valía la pena ver, vestir o leer; el resto consumía esa narrativa. Era un sistema vertical, caro, pero claro.
Hoy ese modelo colapsó. Internet empezó a erosionar esa barrera, las redes sociales la astillaron, la IA la pulverizó. Hoy, una persona con una computadora puede generar en una tarde lo que hace tres años requería un equipo de doce personas y dos semanas.
Pero el acceso a la herramienta no entrega el criterio. El resultado es una explosión cuantitativa de producción con una contracción cualitativa de distinción. Todos podemos producir más, pero casi nadie está produciendo algo verdaderamente distinto. Y, en paralelo, la cadena de validación tradicional —editor decide, comprador valida, crítico bendice— se rompió. Ya no hay arriba. Hay feed.
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En las raíces está lo que importa
Las raíces son donde está la conversación que importa. Lo que está pasando con el consumo no es una crisis del lujo, ni del editorial, ni del diseño. Es un cambio qué constituye valor. Se sostiene en tres movimientos que se ven ya en muchos sectores:
1. El consumidor ya no compra objetos sueltos, compra coherencia: Durante el siglo XX, consumir lujo significaba comprar pertenencia. Un logo comunicaba estatus dentro de un sistema legible para todos. Ese sistema se desfondó.
La pertenencia ya no se construye por afiliación a marcas, sino por curaduría personal coherente. Por eso casas como Brunello Cucinelli crecen mientras otras pierden ritmo: venden coherencia —un pueblo, un humanismo, un ritmo lento, una artesanía intacta— más que momentum de temporada.
2. La autenticidad se volvió la nueva escasez: Cuando todo se puede generar, replicar o falsificar, lo verdaderamente escaso ya no es el objeto, sino la prueba de que algo tiene origen real.
Hermès expande su capacidad con fábricas que mantienen control vertical para asegurar trazabilidad y oficio. Cucinelli mantiene su pueblo entero. La autenticidad rastreable, biográfica, no manufacturada, se convierte en moneda. No porque sea más bonita, sino porque es lo único que la IA no puede simular.
3. El tiempo se volvió el único activo defendible: Cuando la IA puede generar cualquier output en segundos, el tiempo invertido se convierte en el diferenciador final. Cucinelli tarda, Hermès tarda.
Una mirada formada por años de viajes, lecturas y conversaciones tarda. Pienso en Ciudad de México: Polanco es brillo, vitrina, lujo industrial —y podrías estar en Madrid, en Miami o en Dubái sin notar la diferencia.
La Roma y el Centro son otra cosa. Tienen capas, contradicción, densidad cultural acumulada por décadas. Te exigen tiempo y te devuelven sustancia. Esa misma distinción separa hoy a las marcas, los creadores y las voces que van a sobrevivir de los que se van a disolver en el ruido.
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La IA no te va a reemplazar, te va a dejar en evidencia
En este contexto, la verdadera pregunta no es si la herramienta va a reemplazar al diseñador o al marketer, sino a quién va a dejar en evidencia. La herramienta reemplaza al que se quedó en la ejecución.
La verdadera amenaza no es “no saber usar IA”, sino no tener nada propio que poner sobre la mesa. Claude Design no puede generar voz, postura, criterio, biografía. No puede tener una hipótesis cultural propia, ni años de conversación con un mercado específico.
En otras palabras: el diseñador o la marca que hoy no aportan una mirada propia están más en riesgo que quienes todavía están aprendiendo a usar la herramienta.
Por eso existe Materia Prima. Porque leer señales —no solo las hojas, también las raíces— y traducirlas en estrategia de marca es un trabajo que la IA no puede hacer sola. Necesita criterio cultural construido en el tiempo, postura editorial probada y una mirada que solo se forma viviendo.
Mi trabajo es ayudar a marcas y líderes a identificar desde qué default están operando y cuáles son las raíces propias que sí pueden defender: su voz, su mirada, su tiempo. Lo demás, la herramienta lo hará cada vez mejor. Lo que no puede copiar es en qué decides usarla.
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